miércoles, 28 de noviembre de 2012

Mérida y sus barros geniales (*)


Fotografía: Alfonsina Barrionuevo.
1. Edilberto Mérida con una de sus obras de cerámica.


Por Alfonsina Barrionuevo

Estoy aquí frente al teclado y pienso en Edilberto Mérida, “este artista es el único que ha caricaturizado a Dios” escribí y se contrarió. El artista, al que llamamos t'uru rimachiq, “el que hace hablar al barro”.

Estoy aquí frente al teclado y pienso en Edilberto Mérida como la primera vez. “Es de Cusco”, me dijeron y parecía imposible que sus obras hubieran escapado de mis ojos buscadores de manos creadoras. “Este artista es el único que ha caricaturizado a Dios” escribí y se contrarió. “Yo respeto a Dios, cómo puede decir Ud. eso, me reclamó en la Feria Internacional del Pacífico de 1964, donde se presentó. “Los artistas son libres de ver a Dios como quieren” le respondí.

Después me daría la razón y así comenzó mi amistad con él y con Josefina Henríquez, su esposa, que se fue enriqueciendo al pasar el tiempo. Durante su vida recibió muchos distintivos y hasta un título de Doctor Honoris Causa en una universidad norteamericana. Una alegría grande para que sus amigos que lo han visto partir dejando una obra memorable. Lo hizo en el Perú, donde los abuelos antiquísimos convirtieron al barro deleznable y humilde en instrumento sonoro, en precioso vaso de ofrenda y en recipiente de la eternidad para cobijar el sueño de la muerte. En su caso irrumpió en el arte peruano con una fuerza, un vigor y un estilo que, sin haberlo entrevisto en su sencillez de artesano ebanista, haría escuela, desatando una ola incontenible de imitadores y seguidores que descubrieron en el barro el material ideal para reproducir el hombre a la imagen y semejanza de sí mismo con mayor o menor talento.

Sus barros de protesta, mal llamados por los comerciantes de artesanías, como “arte grotesco”, provocaron un shock, un rechazo, en quienes no soportaban la crudeza de su denuncia, y una deslumbrada aceptación en quienes penetraron en su contenido. Gracias a Mérida, el barro principio y fin del hombre, recibió un soplo vital y entró a los sagrados y selectos mercados del arte del siglo XX por derecho propio.

En el siglo XVI Francisco Pizarro exportó al Viejo Mundo una imagen deslumbrante de las gentes de esta tierra extraída de un mundo nuevo donde el oro y la plata recubrían no sólo los muros de sus palacios y sus templos sino también los cuerpos de sus señores, haciéndoles destellar como estatuas vivientes.

En el siglo pasado le tocó a Mérida exportar la imagen de lo que quedó al cabo de cuatro siglos de explotación. La misma gente, cautiva en su propia tierra y exprimido hasta extenuar la raza, sin redención hasta ahora, en que vive en la cordillera mimetizada con la lejanía y el olvido, en lugares donde por razones de altura y hostilidad del clima no podía ser fácil presa del blanco.

Maestro carpintero hasta los 34 años de edad, sin otro horizonte que el que podía abrir a golpes de martillo, el cusqueño fue un fenómeno dentro del arte peruano. Hijo del sastre Vicente Mérida y Susana Rodríguez, nació en 1927 en la calle Pumacurcu, dentro del Hanan Qosqo. Siendo el séptimo de ocho hermanos, “el que iba en la colada”, no tuvo ni siquiera la obligación de heredar el oficio de su progenitor. En su infancia fue sólo un inquieto chiquillo, con una facilidad para los trabajos manuales que no llamaron la atención porque había muchos como él.

A los ocho años de edad entró al taller de su primo para jugar con las virutas y ese ingreso fue determinante. En los años siguientes, bajo su sombra y con su estímulo, estaría haciendo los camiones de juguete que ambos venderían después de la feria del Santurantikuy. Luego aprendió a cortar madera, cepillar y finalmente hacer sillas, mesas de noche y roperos. La práctica le sirvió mucho y cuando ingresó a la media industrial ya era un carpintero en ciernes, al que sólo habría que afinar la mano. Mérida reconoce que el ambiente en que le tocó vivir era absolutamente artesanal, pero en cambio tuvo la ventaja de moverse dentro de una clase, la popular, llena de tradiciones y contacto con los hombres del campo. Su abuela que estaba vinculada con la iglesia y las fiestas patronales, confeccionaba las hermosas pelucas con rizos que los mayordomos obsequiaban a vírgenes, santos y santocristos. Entonces sólo le interesaba la carpintería como medio de vida y en ella cifró su porvenir al casarse, a los 19 años, con Josefina Henríquez. A su taller de la calle Siete Cuartones llegaban pocos clientes pero pudo salir adelante con los encargos que recibía del Politécnico o Media Industrial donde había estudiado. Hasta que el profesor Alejandro Morote lo llevó a Puno para que enseñará en el Politécnico de esa ciudad. Allí tuvo su primer encuentro con el barro al subir al segundo piso donde funcionaba la sección de Bellas Artes y vio a los alumnos hundiendo con pasión las manos en la masa. El segundo fue en la capital imperial donde, en 1961, entró a un taller de escultura y metió las suyas en la masa. Su primera figura fue el de una mujer andina con trenzas coqueta y muchas polleras. Regresaba con ella a su casa cuando vio a una verdadera, con miles de años fundidos en sus carnes, y le pareció que la suya era falsa, turística.

Confeccionó una nueva y hundió brutalmente su dedo índice en la boca y tiró a ambos lados haciendo que se chuparan las mejillas, luego apretó la cintura y colgaron sus senos apretados por la miseria, estiró finalmente los dedos de sus manos y sus pies como si quisieran aferrarse al aire y a la tierra. En ese momento acababa de nacer el artista, al que llamamos t'uru rimachiq, “el que hace hablar al barro”. Desde entonces no paró. El resto llegó poco a poco. La aclamación de los críticos, las presentaciones en televisión, los viajes al extranjero, la visita de personajes ilustres a su casa de Carmen Alto donde ponían sus apreciaciones y sus firmas en un muro de barro blanqueado de yeso. Sus barros psicológicos irradiaban vida y él esperaba con ansia para quemarlos porque lo inquietaban, porque sentía que tenían espíritu, la protesta de cuatro siglos que no tiene cuándo ni cómo acabar.

Están en los museos y en las casas de personas que saben como golpean, sacuden, hieren y estremecen. “Debe ser mi sangre andina”, reconoció una vez. Eso salta a la vista en su “Yawar Fiesta”, por ejemplo, donde toda una raza se toma el desquite. El toro íbero bajo las fieras alas del cóndor, minimizado hasta parecer un simple pedestal.

Edilberto les ha hecho justicia. Puede descansar en paz con el cariño y la admiración de quienes le conocimos y gozamos de su amistad.


(*) Publicado originalmente el 20 de julio de 2009.


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