sábado, 25 de agosto de 2012

Implementos de una panadería tradicional










Fotografías (de arriba-abajo):
1 y 2 Portada y primera página del catálogo de exposición Implementos de una panadería tradicional (julio, 2000).
3, 4, 5, 6 y 7 Bateas para elaborar diferentes tipos de panes. Madera de eucalipto y aliso tallada. Sihuas, región Ancash. Colección Pablo Macera. Dibujos de Juan Zárate Cuadrado. 2000.


Fuente:

Ríos Acuña, Sirley y Ruíz, Álvaro. Implementos de una panadería tradicional (catálogo de exposición). Lima: Museo Nacional de la Cultura Peruana-Seminario de Historia Rural Andina/ Universidad Nacional Mayor de San Marcos, julio 2000, s/p.


Accede al catálogo en versión digital:



sábado, 18 de agosto de 2012

Arpilleras de Pamplona







Fotografías (de arriba-abajo):
1. Portada del catálogo de exposición Arpilleras de Pamplona (abril, 2000).
2. Arpillera Negritos de Huánuco. Idalia Tafur. 2000. Pamplona Alta, San Juan de Miraflores (Lima). Fotografía: Archivo Museo Nacional de la Cultura Peruana.
3. Arpillera Procesión del Señor de los Milagros. Grupo Compacto Humano. 2000. Pamplona Alta, San Juan de Miraflores (Lima). Fotografía: Archivo Museo Nacional de la Cultura Peruana.
4. Arpillera Arca de Noé. Noris Vásquez Linares. 2000. Pamplona Alta, San Juan de Miraflores (Lima). Fotografía: Archivo Museo Nacional de la Cultura Peruana.
5. Pamplona Alta del distrito de San Juan de Miraflores (Lima, Perú). 2002. Fuente: http://www.convida.org/images/Pamplona%20Alta,%20Lima%2002.jpg

6. Pamplona Alta del distrito de San Juan de Miraflores (Lima, Perú). 2004. Fuente:
http://www.convida.org/images/Pamplona%20Alta,%20Lima%2004.jpg


Fuente:

Ríos Acuña, Sirley. Arpilleras de Pamplona (catálogo de exposición). Lima: Museo Nacional de la Cultura Peruana, abril 2000, s/p.



Coronas de la Amazonía



Fotografías (de arriba-abajo): Marcela Olivas Weston. Archivo Universidad del Pacífico. 2009.
1. Vitrina cultural. 2. Corona. Llanchama pintada y plumas. 2008. Grupo étnico Bora. Loreto. Colección Museo Nacional de la Cultura Peruana - Ministerio de Cultura de Perú.

CORONAS DE LA AMAZONÍA
Exposición en la vitrina cultural de la Universidad del Pacífico
Setiembre, 2009


Por Marcela Olivas Weston

El poblamiento de la Amazonía es muy antiguo; las escasas investigaciones arqueológicas han encontrado restos de cerámica fechados en 3 500 a.C. en la zona del río Chambira (Morales, 1993).

Existen evidencias que las distintas culturas prehispánicas se acercaron a la Amazonía en busca de las plumas de sus variadas aves y animales exóticos para adornar sus vestidos y tocados. Después de la conquista hispana la Amazonía despertó la curiosidad de cronistas, viajeros, aventureros, misioneros (dominicos, franciscanos, jesuitas) y antropólogos que viajaron y recorrieron sus extensos territorios por diversas razones e intereses.

Las primeras fotografías conocidas, de fines del siglo XIX, muestran a sus pobladores organizados en tribus, ataviados de manera extraña y con costumbres diferentes a las occidentales, como caminar con los pies en contacto con la tierra, por lo que se les denominó “chunchos” o “salvajes”.

Si bien en la actualidad la mayoría de los grupos indígenas amazónicos están integrados de diferentes formas a la modernidad, aún siguen viviendo en íntimo contacto con la naturaleza que los rodea, que han tenido que conquistar para sobrevivir, con los conocimientos de sus antepasados que guardan en su memoria biocultural y los trasmiten oralmente a través de mitos, leyendas y cantos. Los pueblos indígenas consideran que el bienestar de los individuos y las colectividades depende de mantener una relación armoniosa entre el mundo visible de los humanos y los mundos invisibles de las divinidades, los espíritus y las esencias primordiales.

Los habitantes de las naciones amazónicas elaboran utensilios de forma artesanal, transforman los productos del bosque para diversos fines. El barro, las raíces de los árboles, las lianas o sogas, las plumas, las cortezas, la madera, los tintes y las semillas adquieren formas y texturas variadas al transformarse en adornos y en objetos de uso cotidiano. Confeccionan además, una artesanía ceremonial que consiste en vestimentas, ornamentos, vasijas y objetos variados para sus ceremonias chamánicas y otras de uso comunal.

El historiador Luis Eduardo Wuffarden apunta: “Sin embargo, la importancia concedida a los géneros relacionados con el adorno personal contienen precisos mensajes de distinción o de rango social dentro del propio grupo o frente a las demás etnias. Entre todos aquellos géneros, tal vez el arte plumario continúe siendo el más llamativo a ojos del espectador occidental. No es de extrañar que la búsqueda de aves exóticas y plumajes coloridos haya sido una de las razones que, en tiempos de los últimos incas, impulsaron a la conquista de estas tierras. De hecho, la nobleza cusqueña solía ostentar la posesión de guacamayos como emblemas de riqueza y poder”.

Muchos de los actuales tocados de plumas reciben todavía el nombre de "coronas", aunque no siempre sean distintivos de autoridad. Entre los pueblos achuar, awajun, wampis y kandozi, por ejemplo, el uso de tales atuendos corresponde a momentos festivos o a las raras ocasiones en que se visita a los vecinos. De acuerdo con la colocación o el color de las plumas, el usuario busca ejercer el mismo atractivo que el de las aves durante el cortejo nupcial o disfrutar de sus cualidades reales o atribuidas. A veces, entre los ashaninka y los nomatsiguenga, ejemplares disecados a manera de pendientes añaden un componente "hiper-realista" llamado a distinguir las virtudes del buen cazador”.

El investigador Roberto Villegas subraya que “Las coronas son sumamente vistosas, como las usadas por los Orejones, llamadas Maa Haro o las Maiti, que usan los shipibos, naturalmente muchas tribus usan coronas y tienen un hondo contenido simbólico, como en el caso concreto de los Cashibos cuya corona es la representación de la constelación de la Cruz del Sur y las cuatro estaciones. Mientras que en la mayor parte de las coronas las plumas están dispuestas verticalmente, las tribus del río Alto Purús, las colocan horizontalmente, esto se da en los Cashinahuas, Culinas y Sharanahuas”.

Las plumas pueden ser insertadas sobre un tejido de algodón o servir como trama intercalada, en otros casos son adheridas sobre un tejido vegetal con propóleos, que es la cera negra que producen las abejas para tapar todos los intersticios del panal o colmenar, también usan la brea. Se utilizan con frecuencia las plumas del tucán, guacamayo, garza blanca y rosada, loro, paucar y paujil”.

Las coronas de los grupos tribales de las familias etnolinguista pano, son hechas con tiras de caña o bambú y presentan cuatro cruces dispuestas en rombo, van revestidas con hilos de algodón de diferentes colores y rematadas con pequeños manojitos de plumas. Los cuatro vástagos de las cruces corresponden -según las creencias de estos grupos amazónicos- a igual número de palmeras que sostiene el cielo y las nubes, para que no caigan sobre la tierra. El mundo para ellos tiene la forma de un rombo, en cuyos cuatro vértices moran, respectivamente, dioses solares. En la puerta del cielo, que está en el centro del firmamento, hay una gran cruz conformada por la intersección de los cuatro vástagos”.

Detrás de cada corona que presentamos en esta exposición hay una cultura que se expresa en distintas lenguas, en sus formas de organización social, en sus creencias religiosas, en sus expresiones estéticas, y que recién se está redescubriendo. Todo ello conforma nuestro Patrimonio Inmaterial.

Piezas en exposición procedentes del Museo Nacional de la Cultura Peruana:
- Corona masculina. Uitoto. Llanchama pintada y plumas. Loreto, 2008.
- Corona de Shamán. Uitoto. Llanchama pintada y plumas. Loreto, 2008.
- Corona masculinas. Mororuna, Matsé. Fibra vegetal pintada. Loreto, 2008.
- Corona de curaca. Bora. Llanchama y plumas. Loreto, 2008.
- Coronas masculina. Uitoto. Llanchama. Fibra vegetal y plumas. Loreto, 2008.
- Corona. Bora. Llanchama pintada y plumas. Loreto, 2008.
- Corona femenina. Bora. Llanchama pintada y plumas. Loreto, 2008.
- 2 Vinchas. Tejido y plumas. Madre de Dios, 2008.
- Corona. Asháninka. Satipo. Púas de puercoespín, bejuco y plumas de guacamayo. Junín, 2008.
- Corona masculina. Pampa Michi. Caña. Chanchamayo, Junín, 2008.
- Gorro. Cacataibo. Piel de mono. Aguaytía, 1950.
- Corona ceremonial. Shetebo. Corteza, tela pintada y palo de balsa. Bajo Ucayali, 1950.
- Corona masculina. Cashibo. Piel de mono choro, hilo y brea.
- Corona masculina. Asháninka. Carrizo, hilo y brea. Río Tambo, 1950.
- Corona. Cacataibo. Corteza, caña, algodón y plumas de guacamayo. Aguaytía, 1950.
- Corona Cacataibo. Paja trenzada. Aguaytía, 1950.

Lima, setiembre de 2009 

(*) Extracto del folleto de exposición.

martes, 14 de agosto de 2012

Exposición Arte de Ayacucho: celebración de la vida








Fotografías (de arriba-abajo):
1. Portada del folleto de exposición Arte de Ayacucho: celebración de la vida (julio-agosto, 2010) realizado en la Galería Germán Krüger Espantoso del Instituto Cultural Peruano Norteamericano (ICPNA) de Miraflores – Lima.
2. Retablo Fiesta de las Cruces de los Chuturunas. Pasta de papa policromada sobre madera. 41 x 41.5 x 12.4 cm. Jesús Urbano Rojas. 1952. Huanta, Ayacucho. Colección John Alfredo Davis Benavides. Fotografía: Archivo ICPNA-URP. 2010.
3. San Marcos. Piedra de Huamanga tallada y policromada. 21.5 x 15 x 4 cm. Anónimo. Siglo XIX. Ayacucho. Colección Vivian y Jaime Liébana. Fotografía: Archivo ICPNA-URP. 2010.
4. Toro conopa. Cerámica modelada y engobada. 42 x 32.5 x 15 cm. Dionisio Lope. 1970. Quinua, Ayacucho. Colección John Alfredo Davis Benavides. Fotografía: Archivo ICPNA-URP. 2010.
5. Cuerno para tomar agua o vino. Cuerno burilado y plata. 28 x 7cm. diámetro. Anónimo. Siglo XIX. Ayacucho. Colección Vivian y Jaime Liébana. Fotografía: Archivo ICPNA-URP. 2010.
6. Músico arpista. Cerámica modelada y pintada. Gedión Fernández Nolasco. Quinua, Ayacucho. Fotografía: Archivo ICPNA-URP. 2010. Fuente:
http://www.agendameperu.com/2010/07/28/arte-de-ayacucho-celebracion-de-la-vida/
7. Portada del libro catálogo Arte de Ayacucho: celebración de la vida (2010). Fuente: http://retabloayacuchano.blogspot.com.es/2010/12/arte-de-ayacucho-celebracion-de-vida.html


Por Rosaura Andazabal Cayllahua


La historiografía contemporánea señala que el departamento de Ayacucho evidenciaría una de "las ocupaciones humanas más remotas del Perú", por la presencia de "huellas de combustión" y la talla de herramientas líricas y en huesos de animales, con una datación cronológica de 14,000 años a.C. para el Complejo Ayacucho, seguido de los yacimientos de Pacaicasa y Pikimachay. En dichas alturas del valle de Huamanga, también se habrían asentado en alrededor de 6,000 años a.C., "una primera tradición de pintores prehispánicos" que han dejado muestras de pintura rupestre con escenas sencillas de caza en las cuevas de Ayamachay y Jaywamachay.

De este modo se habría iniciado el derrotero histórico del Arte de Ayacucho, a la que proseguiría una fase elemental de alfarería propia de expansión agrícola desarrollada por- la Cultura Warpa, antecedente del gran Imperio Wari (siglos VII y XII d.n.e) de gran esplendor artístico reflejado tanto en la cerámica, como en los finos tejidos de algodón, asociados a la cultura Nasca y a "la hegemonía religiosa y estilística de Tiahuanaco". Luego seguiría el declive misterioso de los Wari marcado por el dominio territorial de los Chancas (Andahuaylas) hacia el siglo XIII, los que a su vez tuvieron que ceder- paso al Imperio Inca (siglo XV).

El establecimiento colonial se oficializa con la fundación de la villa San Juan de la Frontera de Huamanga, el 29 de enero de 1539; y con ella se produce la imposición-resistencia manifiesta en todos los aspectos –socioeconómicos, políticos, religiosos, lingüísticos y artísticos- de la vida cotidiana huamanguina. De este modo, los artistas de Huamanga produjeron de espaldas a la cultura oficial, objetos rituales Alas, conopas, etc. para su culto religioso politeísta asociados a la fertilidad de la tierra y a la reproducción de camélidos; a la vez que se especializaban en la representación de iconografía religiosa de la Iglesia Católica y composiciones alegóricas de personajes y costumbres europeas, reflejado principalmente en la talla del "Niño Rumi" o alabastro, pero también en representaciones en plata.

La coexistencia de dichas expresiones artísticas prehispánicas y coloniales, se ve nutrida de nuevos símbolos durante las guerras por la Independencia (siglo XIX), con una producción destinada a satisfacer el gusto de una emergente "burguesía criolla e ilustrada", pero también para una "clientela rural y campesina".

Durante el siglo XIX y XX -aunado a la pervivencia de íconos prehispánicos, coloniales e independentistas- la vida cotidiana de profunda fe religiosa sincrética, aunada a las crisis sociopolíticas coyunturales trasuntadas en La guerra con Chile (1879), la Reforma Agraria (1969-1974), la violencia desatada por Sendero Luminoso (1980-1992) y enfrentada por las fuerzas armadas, figuran como referentes principales en las obras de los maestros del Arte ayacuchano en obras de disímiles soportes materiales que, pueden observarse en los mates burilados de Huanta y periferias; en la cerámica de Quinua y Santa Ana; en los retablos de Carmen Alto, Allcamenca y Vinchos; en las tablas y kallapas de Sarhua; en las cruces de madera, alabastro y hojalata, cuyo culto principal se halla vinculada al Apu Rasuwillka; en los textiles y tapices de Santa Ana, Allccamenca, Sarhua y Huamanga; en los cuernos burilados y/o tallados con escenas de personajes míticos de la selva ayacuchana, como también de la flora y fauna de las alturas de Huanta. En la misma línea figuran la talabartería y platería de Conchopata y Huamanga que, junto al trabajo de cerería en tamaño natural y/o en miniatura, engloban a prolíficas obras de las disímiles disciplinas del Arte Ayacuchano. Razones fundamentales que habrían sido tomadas en cuenta por el Instituto Nacional de Cultura del Perú en 1990, al conferirle al departamento de Ayacucho el título de Capital del Arte Popular y de la Artesanía del Perú.

En la actualidad, el artista ayacuchano se yergue tras las huellas del dolor vivido en las dos últimas décadas del siglo XX, celebrando la continuidad de la vida, con propuestas innovadoras -tanto en los materiales empleados como en una temática diversa- que no necesariamente lo aleja de su esencia tradicional.

En este sentido, la presente exposición detalla una línea histórica que recorre a grandes rasgos el surgimiento, permanencia y/o desaparición de las diversas manifestaciones del Arte de Ayacucho desde las primeras ocupaciones humanas hasta nuestros días. Donde el ejemplo prehispánico lo constituyen un ceramio y dos fragmentos textiles Wari; lo colonial se visualiza en un esquema comparativo de obras que denotan el mestizaje peruano/hispano; para finalmente presentar in situ el corpus general de piezas que transitan entre el siglo XIX y XXI.


Fuente:


lunes, 13 de agosto de 2012

La historia de Pakitsa


Fotografía:
1. Pintura de Moisés Torres. Asháninka del río Tambo. Amazonía peruana. Fuente: http://nilavigil.files.wordpress.com/2009/05/pakitsa.jpg


Por Nila Vigil (lingüista)


Este es un dibujo de Moisés Torres, un asháninka del río Tambo. De él nos dice Maria Heise:

“Como los otros amigos Asháninkas, él me hablaba con frecuencia de todos los malos espíritus que pueblan el monte, del “Katsiborere”, el “Chulla chaki”, el “Casanto” hasta el omnipresente “Tunche”; y me reprochaba por mi imprudencia. Siempre me recomendaba no ir sola, sino acompañada por uno de ellos, que habría podido protegerme en situaciones de peligro. [...] [L]e pedí dibujarme todos estos seres tan misteriosos y tan peligrosos que yo no podía ver. Estos dibujos representan el mundo que Moisés y los Asháninka “ven” y que nosotros, con nuestros ojos, no somos capaces de reconocer.”

Cuando Enrique Casanto, Irma Sánchez y Salomón Diquez vieron los dibujos de Moisés reconocieron en ellos historias y experiencias de su pueblo; el pueblo asháninka.  Aquí, la historia de Pakitsa narrada por Irma Sánchez:

Había una vez una chica que le gustaba criar animales. Un día su papá le trajo de la caza un gavilancito. Su nombre es Pakitsa en asháninka. La chica lo quería mucho y lo alimentaba con pescaditos, trocitos de carne, todo lo que le gustaba a su gavilancito. Así, los dos crecieron juntos. El gavilán se hizo más grande y fuerte, y llevaba a casa animales cada vez más grandes, que él mismo cazaba. Por eso nunca faltaba comida en casa.

Sucedió que el gavilán se había enamorado de la chica y le traía mucha comida para que ella creciera rápido. Una vez traía venado y otra sachavaca.

El gavilán empezó a fabricar un nido muy grande y por eso no regresó a casa de la chica por mucho tiempo. La chica, que también se había enamorado del gavilán, se preocupó mucho por la ausencia de su gavilán.

Pero un día lo vio regresar y se alegró mucho. El gavilán se acercó a ella, pero no le había traído nada. La agarró por la cushma y se alejó volando. Ella gritó, pero nadie pudo ayudarla.

El gavilán la llevó a su nido y desde ese día la hizo su mujer. Para los demás, él era un gavilán; pero para ella era un hombre, era su esposo y comprendía su idioma. El nido de ellos se encontraba arriba, sobre el río Ene.
Pero después, el gavilán ya no cazaba animales sino gente que confiada, bajaba por el río.

El gavilán mató a tantos paisanos que la gente decidió darle muerte. Para ello, la gente construyó un hombre gordo hecho de greda, lo vistieron con una cushma, le colocaron una corona en su cabeza y un remo en la mano. Lo sentaron en una canoa y lo empujaron río abajo.

La mujer del gavilán, que ya estaba acostumbrada a comer gente, vio al hombre gordo que bajaba en la canoa y le gritó a su esposo: “Tráeme a ese gordo que quiero comerlo” Pero las uñas del gavilán se quedaron prendidas en la greda y él no pudo liberarse. Con palos y remos la gente lo mató. Desde arriba, la mujer gritaba: “No lo maten, no lo maten, es mi marido.” Pero nadie le hacía caso.

Las plumas del gavilán empezaron a caer y al tocar el agua se iban convirtiendo en pequeñas canoas. En cada una de ellas, había yines, matsiguengas, shipibos, todos los que viven río abajo, y se empezaron a escuchar distintas lenguas. Es por eso que todos estos paisanos saben hacer bonitas canoas.

La mujer se había quedado viuda y ya no podía seguir comiendo gente. Entonces, regresó a la casa de su madre y convenció a su hermano para que le ayude a matar más gente. Otra vez, los paisanos eran muertos al bajar el río.

Pero un día, bajó al río Avireri, el que puede transformarlo todo. La mujer y el hermano quisieron agarrarlo, pero él los convirtió en dos piedras. Estas dos grandes piedras todavía pueden verse en el Pongo de Pakitsapango. (Heise, Maria y Javier Macera (2002) Pakitsa Pinturas y relatos asháninkas. Tarea Gráfica Educativa, Lima, pp.33-35).

Aquí otra versión de Pakitza, narrada por los compañeros de la Central Asháninka de río Ene:

Cuentan los asháninka que en las alturas del pongo de Pakitza, en la zona más angosta de la cuenca del río Ene, vivía Pakitza que en la lengua española significa “águila”. A esta parte se le llama Pakitzapango que significa “casa del águila”.

Pakitza tenía por esposa a una mujer asháninka y a Pakitza le gustaba comer carne humana. Pakitza, con sus grandes garras, colocaba piedras enormes en el río para hacer un gran muro de piedra y cerrar el paso a los asháninkas que surcaban con sus botes el río Ene. De esta manera los atrapaba y devoraba.

Debido a que Pakitza les hacía mucho daño los asháninkas decidieron matarlo. Entonces construyeron un hombre de arcilla y lo pusieron sobre una balsa para que surque el río Ene. Cuando Pakitza fue a atrapar al hombre sus garras quedaron atrapadas en la arcilla y los asháninkas rodearon y mataron con sus flechas a Pakitza. Quemaron la balsa y las plumas de Pakitza se derramaron surcando por todo el río Ene. Los asháninkas dicen que de estas plumas se han formado todas las demás culturas que conocemos en la Amazonía.

Ahora ¿cuál es la relación de Pakitza con el proyecto de la central hidroeléctrica Pakitzapango? Que precisamente se trata del mismo lugar donde se piensa construir un gran muro de piedra para detener el río.

La misma idea que tenía Pakitza para comerse a los asháninkas.

Es por esto que los asháninkas perciben cualquier obstrucción de su río como una afectación directa a sus comunidades, como si los intentaran matar. Para ellos sería terrible que para hacer la represa se vuelva a construir un gran muro en el mismo lugar donde antes vivía Pakitza.

Nota: la escritura Pakitsa y Pakitza obedece a dos variedades de la escritura asháninka.


(*) Texto publicado originalmente el 27 de mayo de 2009 en: http://nilavigil.wordpress.com/2009/05/27/la-historia-de-pakitsa/


El coleccionista inaudito. Lo sagrado y lo profano en la colección infinita de arte popular de Jaime Liébana (extracto)










Fotografías (de arriba-abajo): Víctor Ch. Vargas. 2012. Archivo de la revista Caretas.
1, 2 y 3 La nota de la revista Caretas, Nº 2237.
3. Angelical y diabólico. De izq. a der., Liébana con fusta de peculiar mango perruno, arcángel San Miguel del siglo XVIII, corona para danza ceremonial del siglo XX, camión de Huánuco, máscara cajamarquina y exvoto de Motupe.
4. Las piezas de alabastro conforman parte importante de la colección que recoge objetos hechos para el uso de la comunidad.
5. “Mi casa soñada la quisiera diez veces más igual que esta”, dice Liébana y afirma: “Lo que importa es la tecnología, cómo se han hecho las cosas”.
6. Portada del libro Del cielo y la tierra. La colección de arte popular peruano de Vivián y Jaime Liébana (2011).
7. Parte de la colección en piedra de Huamanga o alabastro. Todas y cada una de las piezas están cuidadosamente registradas.
8. Tinaja shipiba: “una piezota amazónica”, Liébana dixit. Der., peculiar zapato-matraca.


Por Maribel de Paz

El material, ciertamente, no podía ser más inquietante. Fabricadas con pene de caballo, la colección de fustas de Jaime Liébana llaman la atención, además, por los peculiares detalles de sus mangos, como aquel que representa a un perro en el cotidiano trance de evacuar el vientre. Literalmente, la cagada. Poseedor de una rica colección de arte popular, Liébana muestra ahora las mejores de sus piezas reunidas a lo largo de 40 años en contundente publicación a cargo del Fondo Editorial de la Universidad San Martín: Del cielo y la tierra. La colección de arte popular peruano de Vivian y Jaime Liébana.

Junto a las fustas, sin embargo, los Liébana cuentan con un sinfín de objetos artísticos más recolectados durante sus viajes por todo el país. Están ahí las máscaras de fiestas populares, los ángeles virreinales, tablas de Sarhua, exquisitos muebles coloniales, matracas de formas caprichosas, exvotos, canastas y hasta ancestrales herramientas de zapatero y un triciclo francés de 1890 colgado del techo perteneciente a su antigua colección de juguetes de hojalata que vendió para adquirir, en cambio, una enorme cruz ayacuchana en piedra de Huamanga. Cada mañana, Liébana se levanta al alba para recorrer su casa con alma de museo, “pasando revisión técnica-artística” a todas esas piezas que deben ser limpiadas con hisopos y en las que se adivina ese “espíritu de la forma” en el cual cree. “El arte popular es el alma del arte contemporáneo, la gente que no conoce el arte popular está haciendo mal arte contemporáneo”, sentencia el artista que, a su vez, es el ávido constructor de muebles de ánimo clásico y hasta reproducciones de portones coloniales.


Ver el texto completo en:

De Paz, Maribel. “El coleccionista inaudito. Lo sagrado y lo profano en la colección infinita de arte popular de Jaime Liébana.” Caretas, 2237 (21/junio/ 2012), pp. 48-52.

Fuente:



miércoles, 8 de agosto de 2012

El arte de la hojalata (extracto)













Fotografías (de arriba-abajo):
1. Candelabro. Desiderio Loayza de la Cruz. Ayacucho. 2000. Fotografía: Archivo Museo Nacional de la Cultura Peruana.
2. Candelero llama. Desiderio Loayza de la Cruz. Ayacucho. 2000. Fotografía: Archivo Museo Nacional de la Cultura Peruana.
3. Candelabro con sirenas. Desiderio Loayza de la Cruz (DLC.). Ayacucho. Fotografía: Archivo DLC.
4. Candelero ave. Desiderio Loayza de la Cruz. Ayacucho. Fotografía: Archivo DLC.
5. Candelero sol. Desiderio Loayza de la Cruz. Ayacucho. Fotografía: Archivo DLC.
6. Marco. Desiderio Loayza de la Cruz. Ayacucho. Fotografía: Archivo DLC.
7. Candelabro Paz, Amor y Vida. Familia Araujo. Ayacucho. Fuente: http://hojalateria.weebly.com/candelabros-grandes.html
8. Candelabro mediano. Familia Araujo. Ayacucho. Fuente: http://hojalateria.weebly.com/candelabros-medianos.html
9. Veleros. Familia Araujo. Ayacucho.  Fuente: http://hojalateria.weebly.com/veleros-pequentildeos.html
10. Espejo. Familia Araujo. Ayacucho.  Fuente: http://hojalateria.weebly.com/espejos.html
11. Cruz con los símbolos de la pasión. Familia Araujo. Ayacucho.  Fuente: http://hojalateria.weebly.com/cruces.html
12. Prendedores. Familia Araujo. Ayacucho. Fuente: http://hojalateria.weebly.com/accesorios.html



Por Sirley Ríos Acuña

La hojalatería es una actividad que tiene como materia prima el latón y su transformación en objetos diversos.

Es una de las pocas artesanías que ha sobrevivido de la época colonial peruana y que se ha mantenido a través de diferentes momentos de transformaciones sociales y económicas, pero que la modernidad la ha puesto en peligro de extinción. Sin embargo, las obras de los maestros actuales dan cuenta de su silenciosa existencia.

El arte de la hojalata se ha desarrollado en varias zonas donde había, en cada una, por lo menos un hojalatero. La mayor producción actual se concentra en las regiones de Ayacucho, Junín, Huancavelica, Apurímac, Cusco y Puno quedando algunos rezagos en la sierra de Lima.

Con la hojalata se hicieron frontales de altar, grandes estandartes,  urnas y candelabros  para las iglesias que por sus condiciones económicas no podían costearlos en plata. Huamanga fue un gran  centro productor. Hacia 1770 ya existía el oficio asumido principalmente por  indígenas.  Del  siglo   XIX   hay  hermosos candelabros pintados, con aplicaciones de flores, hechos por  artífices anónimos.

Otra veta de la hojalatería fue la elaboración de objetos utilitarios y de uso religioso familiar. Lámparas, candeleros, galoneras, regaderas, juguetes y cruces fueron las piezas preferidas por la clientela local. Las cruces de  safacasa, o cruces de techo, que se enriquecen con los símbolos de la pasión y motivos rurales con fines de protección, fueron y son las más frecuentes.

La etapa artística fue más bien un producto de de renovación creativa con el afán de dar continuidad a la hojalatería tradicional. En ella predomina el aspecto estético y  responde a su vez al gusto de una nueva clientela.

Este paso de lo utilitario a lo artístico lo dio Antonio Prada en un momento de crisis y desarticulación de las artes populares, tal como lo hicieran Don Joaquín López Antay y otros artistas tradicionales.


Ver el artículo completo en:

Ríos Acuña, Sirley. “El arte de la hojalata.” Boletín del Museo Nacional de la Cultura Peruana, 9 (enero-marzo 2000), s/p.